En un auditorio en penumbras del antiguo College de France, un profesor de mediana edad trató de continuar con su ponencia. Había estado dubitativo durante el día. No estaba en condiciones de hablar frente a los estudiantes por un dolor de cabeza, pero se encontraba en uno de los antiguos salones donde Foucault había hecho clases y no quiso claudicar. Terminó la primera parte de su exposición y esperó que la ronda de preguntas no le tomara mucho tiempo ya que los alumnos eran pocos. Cuando uno de los presentes levanto la mano, su mente paulatinamente lo trasportó a un lugar desconocido.
Apareció en medio de una carretera con coches abandonados. El panorama no era alentador. Era el cliché apocalíptico que siempre leyó, por eso suponía que las alucinaciones que sufría eran consecuencia del stress. Como parte del hábito, siguió el juego, y avanzó por la autopista para saber dónde lo conduciría. Cuando alucinaba el tiempo lo hacía “saltar” de vuelta en el mismo instante en donde había perdido la lucidez, no tenía miedo, pero esta vez el dolor de cabeza había sido más intenso y sus sentidos estaban más desorientados que de costumbre.
Después de caminar distraídamente por un tiempo, logró percatarse que había un pueblo más adelante. Eso era nuevo, generalmente vagaba sin rumbo por heladas estepas o desiertos ardientes, una vez alucinó que estaba en la selva, cosa que lo hizo concluir que durante sus “viajes” había visitado la mayoría de los climas. Pero nunca se topó con gente. Por eso decidió apurar el paso y llegar hasta las casas.
Todo el pueblo parecía devastado por un huracán. Caminó por las calles con autos desmantelados y escrudiñó las tiendas de escaparates rotos. Pensó que los protagonistas de sus series hacían lo mismo y trato de repasar, qué es lo que continuaba en el manual del sobreviviente. Entonces divisó una casa partida en dos en medio del camino y decidió ir en esa dirección. Al cruzar los escombros la atmosfera cambió bruscamente y el viento lo golpeó con fuerza. El atardecer llegó de súbito. En medio del desolador cuadro se percató que alguien lo observaba. Avanzó y sus pasos crujieron, sin percatarse caminó entre huesos humanos. Ya casi en frente de “eso” se detuvo titubeante.
—¡Hey! — le gritó — ¿qué haces aquí, estás perdida? — dijo conteniendo su miedo.
Había una niña descalza frente a él. Sus delicados pies estaban sobre un cráneo. Llevaba una túnica desgarrada y sucia que cubría solo una parte de su torso. Su pálido rostro contrastaba con la espesa llama de sus ojos. Un fuego color desastre. Entonces ella habló:
—Tú no eres Max… — Las palabras de esa creatura resonaron en el interior de aquel hombre haciéndolo recordar sucesos y emociones que había bloqueado.
—El azar nos ha tendido una trampa a ti y a mí, aún no era nuestra hora. — Dijo.
Sintió que sus piernas sucumbieron por el peso de una revelación que no comprendía. Y se volteó instintivamente, buscando una salida o alguien para gritarle auxilio. Pero la noche avanzó como una sombra y se percató que el atardecer frente a él era un arrebol sangriento que lo succionaba a la densa oscuridad.
—¡No quiero acompañarte! — Le gritó, y cayó de rodillas.
—Vamos, tu presencia es necesaria. Eres el partero del caos.
De niño cada vez que despertaba de una pesadilla, su madrastra llegaba hasta su cama y le acariciaba el rostro tarareando alguna melodía de cuna. Cuando la gente hablaba de ángeles siempre recordó esos momentos de recogimiento. Mirando al suelo y sin levantar la cabeza trató de rememorar tal sensación. Alzó como antes su vista, pero esta vez, el cielo no vino a visitarlo… en cambio, la nada regresó a atormentarlo en la madrugada del octavo día.
De pronto el joven que portaba el micrófono lo sacó del trance diciéndole:
—Profesor, si gusta le repito la pregunta — Sintió el sudor frío en sus manos, y un extraño silbido en su mente, como si volviese en sí después de un disparo.